Hoy he tenido un sueño espantoso. Ni siquiera el estupor de la embriaguez de horas anteriores ha conseguido mantenerme en la cama. He acabado tan nerviosa que lo primero que he hecho al abrir los ojos ha sido comprobar con la luz del móvil que no tenía ninguna herida.
De lo poco que recuerdo, estaba yo de vacaciones, o más bien de aventura, en una barriada perdida de la mano de dios en algún pueblo al parecer exótico. Aunque visto lo visto, exótico de mugre. Todo transcurrió a lo largo de una calle. Yo y mi amigo David (más algún otro protagonista que pululaba por ahí modo automático en plan Los Sims) bajamos de un coche que nos llevó a ese barrio. Yo fingiendo estar segura de mí misma, con una media sonrisa en la boca más falsa que la de una azafata de avión, caminando para arriba mientras hombres y mujeres, de tez mulata o negra en general, me miraban con cara intimidante. Una mezcla de curiosidad y asco al más puro estilo Y éstos que carajo hacen aquí?. Las casas blancas y sucias estaban unidas en una hilera sin interrupciones. Garajes, puertas y ventanas abiertas de par en par. La gente, con su antes mencionada mala cara, interaccionan entre ellos sin el menor atisbo de simpatía. Incluso hay un par que, en media discusión, empiezan a empujarse. Llegamos al final de la calle y todo lo otro se ve más espacioso. Me dice mi acompañante que si quiero que nos volvemos al coche, que no cree que todo eso sea muy seguro (refiriéndose a mi, que en ese contexto yo era, claramente, presa fácil de brutalidad sexista y abusadores varios, y créanme que no me gusta nada reconocer ésta percepción de la realidad). Primero le quito hierro al asunto diciéndole que no pasa nada, que si él quiere continuamos. Me mira con cara de incredulidad y me dice que volvamos, a lo que yo respondo con entusiasmo y alivio que tiene razón. Al volver la vista a la calle, vemos que todos se han congregado alrededor de los dos que antes se estaban empujando. Uno de ellos llevaba en su mano un machete gastado y sucio, que apuntaba hacia su oponente que permanecía delante de él cabizbajo y aceptando su destino. Parecía más un ajusticiamiento socialmente lícito, pues todos los del barrio estuvieron mirando sin decir ni mu. Mi acompañante pasó en medio de esa gente, pasando al lado del hombre del machete. Yo iba detrás, y justo en el momento de pasar yo a su lado, el tío me da un golpecito con el machete en las costillas, que consigo detener protegiéndomelas con el brazo. Allí sufrí un dolor y una picazón considerables en mi muñeca. Me había hecho un corte superficial y una punzada un poco más profunda. El hombre me clava sus detestables ojos rojos con cara insolente y llena de maldad, pero me voy y no me sigue. Llegamos a Palamós y estoy con mis acompañantes, el señor David y el señor... llamémosle Caradepoker. Me quejo de que me pica y me duele mucho la herida de la muñeca. Y cuál es mi sorpresa que al verla, descubro que el corte tiene un color verdoso y que hay, además, dos agujeros pequeños pero profundos, negros y con lo que parece ser moho. Decimos constantemente que debo ir al médico, pero no nos paramos de detener por todas partes. Vamos al banco porque quiero coger dinero por si debo pagar al médico, pero sale un dependiente del banco a molestar, explicándonos por qué tarda tanto la máquina, el por qué, aunque lo tengamos delante de nuestras narices, no logramos coger el dinero. Y mientras, me voy mirando la herida que cada vez luce peor, más negra y con más moho. Y la paranoia de que me voy a morir o me van a cortar la mano empieza a ser bastante real. Empiezo a despertarme, soy consciente de que estoy soñando pero aún estoy emperrada en seguir en el sueño para ver si llego al médico. Me duele tanto la muñeca y noto tanto el dolor del corte que abro los ojos y miro en la luz del móvil si realmente tengo la herida. Abro la luz, bebo, me meto en la cama y no he podido volver a pegar ojo.
Desde entonces se me han ocurrido diversas asociaciones de elementos de éste sueño con mi vida real, pero desde luego lo he pasado fatal y quería plasmarlo en algún lugar para que nunca se me olvide. Por cierto, a quien le interese, que se mire la galería electrónica de fotografías de Sebastián Liste, concretamente el álbum Urban Quilombo en la que se retrata un grupo de gente que ocupó y vivió en una fábrica de chocolate abandonada de Brasil.
Ai, ai, ai!! Jo tinc molts malsons també, molt diferents però que em provoquen molt de malestar.
ResponderEliminarI a vegades també m'entren ganes de fer-ne una entrada per recordar-lo, però al final poques vegades ho he fet!
Si... jo és que m'ha pertorbat tantíssim que no he pogut tornar a adormir-me, pel que m'he apuntat al movil el que he somiat per recordar-ho després. A veure si algun dia t'animes, que a vegades per extranys, són interessantíssims.
EliminarA més nosaltres que tenim moltes amistats de psico, a veure si algú s'atreveix a interpretar :p
Gràcies Alba! :)