Miércoles, 31 de
Octubre. Esta vez me desperté con los latidos de mi corazón
retumbando descompasados en una especie de eco, creado por el hecho
de tener las orejas tapadas por mi mano. Con la cara húmeda fui
levantándome mientras mi lengua iba saboreando la primera ingesta
del dia.
Uf, este sabor salado
solo hace que recordarme cómo de golosa puedo llegar a ser. Así que
fuí derecha al congelador y cogí el enorme tarro de helado de
chocolate con virutas de chocolate. No hay placer más reconfortante
que aquél al que le puedes añadir aún más placer. Y así lo hice:
me dispuse a ver “El Diario de B.J.”.
Soledad, amor no
correspondido, ligue, amor correspondido, desamor, soledad, amor
reencontrado... Todo esto me va entrando rápidamente por los ojos
aunque ya hace tiempo que dejé de fijarme en la historia en si. Solo
soy capaz de ver mi reflejo. Soy como uno de esos caballos con los
ojos vendados. Veo lo que me interesa ver y, de hecho, no me molesta
que sea así.
En cierta manera, sé que
soy feliz. Creo que no puedo llegar a serlo más. El tormento al que
me someto, la inevitable soledad en determinados momentos, la
melancolia de los tiempos pasados, la culpa de lo que no supe llevar
perfectamente bien, la frustración al no poder hacer que otros vean
lo que yo veo como correcto... nada de eso es capaz de hacerme creer
que no soy feliz.
Algo me dice que merezco
esto, aunque muchos crean que no. Pero yo ya soy un preso que ha
cumplido condena, pese al deseo de muchos. Tengo la serotonina por
las nubes y la oxitocina me visita muy a menudo, así que perdónenme
pero voy a disfrutar de ello. Cogeré mi tarro de helado y mi “Diario
de B.J.” y seguiré haciendo lo que merezco hacer: vivir y esperar,
sin esperar vivir ni esperar lo que siempre esperé.
